sábado, 11 de mayo de 2013

Quinto año: El fin de Jorge Luis Borges

TEXTO PARA TRABAJAR EL MARTES EN CLASE.


Jorge Luis Borges
(1899–1986)


El fin
(Artificios, 1944;
Ficciones, 1944)




         Recabarren, tendido, entreabrió los ojos y vio el oblicuo cielo raso de junco. De la otra pieza le llegaba un rasgueo de guitarra, una suerte de pobrísimo laberinto que se enredaba y desataba infinitamente…
         Recobró poco a poco la realidad, las cosas cotidianas que ya no cambiaría nunca por otras. Miró sin lástima su gran cuerpo inútil, el poncho de lana ordinaria que le envolvía las piernas. Afuera, más allá de los barrotes de la ventana, se dilataban la llanura y la tarde; había dormido, pero aun quedaba mucha luz en el cielo. Con el brazo izquierdo tanteó dar con un cencerro de bronce que había al pie del catre. Una o dos veces lo agitó; del otro lado de la puerta seguían llegándole los modestos acordes. El ejecutor era un negro que había aparecido una noche con pretensiones de cantor y que había desafiado a otro forastero a una larga payada de contrapunto. Vencido, seguía frecuentando la pulpería, como a la espera de alguien. Se pasaba las horas con la guitarra, pero no había vuelto a cantar; acaso la derrota lo había amargado. La gente ya se había acostumbrado a ese hombre inofensivo. Recabarren, patrón de la pulpería, no olvidaría ese contrapunto; al día siguiente, al acomodar unos tercio de yerba, se le había muerto bruscamente el lado derecho y había perdido el habla. A fuerza de apiadarnos de las desdichas de los héroes de la novelas concluímos apiadándonos con exceso de las desdichas propias; no así el sufrido Recabarren, que aceptó la parálisis como antes había aceptado el rigor y las soledades de América. Habituado a vivir en el presente, como los animales, ahora miraba el cielo y pensaba que el cerco rojo de la luna era señal de lluvia.
         Un chico de rasgos aindiados (hijo suyo, tal vez) entreabrió la puerta. Recabarren le preguntó con los ojos si había algún parroquiano. El chico, taciturno, le dijo por señas que no; el negro no cantaba. El hombre postrado se quedó solo; su mano izquierda jugó un rato con el cencerro, como si ejerciera un poder.
         La llanura, bajo el último sol, era casi abstracta, como vista en un sueño. Un punto se agitó en el horizonte y creció hasta ser un jinete, que venía, o parecía venir, a la casa. Recabarren vio el chambergo, el largo poncho oscuro, el caballo moro, pero no la cara del hombre, que, por fin, sujetó el galope y vino acercándose al trotecito. A unas doscientas varas dobló. Recabarren no lo vio más, pero lo oyó chistar, apearse, atar el caballo al palenque y entrar con paso firme en la pulpería.
         Sin alzar los ojos del instrumento, donde parecía buscar algo, el negro dijo con dulzura:
         —Ya sabía yo, señor, que podía contar con usted.
         El otro, con voz áspera, replicó:
         —Y yo con vos, moreno. Una porción de días te hice esperar, pero aquí he venido.
         Hubo un silencio. Al fin, el negro respondió:
         —Me estoy acostumbrando a esperar. He esperado siete años.
         El otro explicó sin apuro:
         —Más de siete años pasé yo sin ver a mis hijos.
         Los encontré ese día y no quise mostrarme como un hombre que anda a las puñaladas.
         —Ya me hice cargo —dijo el negro—. Espero que los dejó con salud.
         El forastero, que se había sentado en el mostrador, se rió de buena gana. Pidió una caña y la paladeó sin concluirla.
         —Les di buenos consejos —declaró—, que nunca están de más y no cuestan nada. Les dije, entre otras cosas, que el hombre no debe derramar la sangre del hombre.
         Un lento acorde precedió la respuesta de negro:
         —Hizo bien. Así no se parecerán a nosotros.
         —Por lo menos a mí —dijo el forastero y añadió como si pensara en voz alta—: Mi destino ha querido que yo matara y ahora, otra vez, me pone el cuchillo en la mano.
         El negro, como si no lo oyera, observó:
         —Con el otoño se van acortando los días.
         —Con la luz que queda me basta —replicó el otro, poniéndose de pie.
         Se cuadró ante el negro y le dijo como cansado:
         —Dejá en paz la guitarra, que hoy te espera otra clase de contrapunto.
         Los dos se encaminaron a la puerta. El negro, al salir, murmuró:
         —Tal vez en éste me vaya tan mal como en el primero.
         El otro contestó con seriedad:
         —En el primero no te fue mal. Lo que pasó es que andabas ganoso de llegar al segundo.
         Se alejaron un trecho de las casas, caminando a la par. Un lugar de la llanura era igual a otro y la luna resplandecía. De pronto se miraron, se detuvieron y el forastero se quitó las espuelas. Ya estaban con el poncho en el antebrazo, cuando el negro dijo:
         —Una cosa quiero pedirle antes que nos trabemos. Que en este encuentro ponga todo su coraje y toda su maña, como en aquel otro de hace siete años, cuando mató a mi hermano.
         Acaso por primera vez en su diálogo, Martín Fierro oyó el odio. Su sangre lo sintió como un acicate. Se entreveraron y el acero filoso rayó y marcó la cara del negro.
         Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos pero es intraducible como una música… Desde su catre, Recabarren vio el fin. Una embestida y el negro reculó, perdió pie, amagó un hachazo a la cara y se tendió en una puñalada profunda, que penetró en el vientre. Después vino otra que el pulpero no alcanzó a precisar y Fierro no se levantó. Inmóvil, el negro parecía vigilar su agonía laboriosa. Limpió el facón ensangrentado en el pasto y volvió a las casas con lentitud, sin mirar para atrás. Cumplida su tarea de justiciero, ahora era nadie. Mejor dicho era el otro: no tenía destino sobre la tierra y había matado a un hombre.

Cuarto año: información

El lunes  próximo deberán realizar en parejas (durante el horario de clases) el informe de lectura de la novela "El jamón del sánguche" de Graciela Bialet. Continuaremos el miércoles con el trabajo de textos expositivos. Nos vemos.

jueves, 2 de mayo de 2013

Quinto año: Textos instrumentales


La actividad verbal supone llevar adelante acciones que involucran tanto a emisores como a receptores y que, además, vehiculizan intenciones o pretenden lograr efectos sobre el mundo circundante. Pero, ¿Qué sucede cuando esas intenciones o esos efectos deben llevarse a cabo en el ámbito laboral; cuando las convenciones son las de la cultura académica o la cultura empresarial de la actualidad?
Sin duda, en esos ámbitos las exigencias aumentan y se hace necesaria una compe­tencia tal que permita satisfacer los requeri­mientos de cada acción a través de textos muy específicos y particularmente destina­dos a cada situación. No es lo mismo escri­bir un informe de investigación de labora­torio que una carta de presentación que acompañe un currículum o una monografía.
 En los textos instrumentales se busca una concreción y una precisión rigurosas. Ade­más, en la carta de lectores o en la solicitud, por ejemplo, se pretende controlar o modi­ficar la actitud del receptor.
Por otra parte, el texto instrumental de­termina un uso particular del código escrito y esto tiene ventajas y desventajas; la esta­bilidad de lo escrito se presenta como un riesgo porque puede mantenerse con sus errores mucho tiempo, pero a la vez, si está correctamente formulado constituye una ventaja pues una vez que se fija, permanece constante frente a posibles interpretaciones tergiversadoras.

Los textos instrumentales son  textos social y fundamentalmente reconocibles por sus rasgos específicos, es decir, pre­sentan las condiciones de homogeneidad, exhaustividad y delimitación como para ser considerados un tipo panicular.  Al poder identificarlos también se los puede sistemati­zar; en algunos casos presentan una combi­nación de funciones. En una carta, por ejem­plo, se pueden dar las siguientes funciones: el primer párrafo, de contacto (Por la presen­te me dirijo a Ud.. con el fin...), el segundo transfiere información (Hace un año dejé de concurrir al club por...), el tercero presenta un pedido (le solicito me reincorpore...). A lo largo de toda la carta, se mostrará una acti­tud de amabilidad y cortesía.

 Si bien existen diferentes formatos de currículum, numerosos supuestos llevan a la elección de un modelo u otro y condicionan la redacción; se tiende a buscar estrategias individuales de escritura para que, a partir de una superestructura común, se logren productos diferenciados y personalizados.

  En los textos instrumentales no se obser­van expresiones subjetivas; estos escritos exigen objetividad, precisión y claridad palpables; por lo tanto, los recursos de esti­lo y licencias del código escrito no tienen ca­bida; la sobriedad, las fórmulas y las expresiones fijas no facilitan la espontaneidad. 
TRABAJO PRÁCTICO

Cuarto año: El jamón del sándwich de Graciela Bialet.


Graciela Bialet nació y vive en Córdoba. Es Comunicadora Social, Licenciada en Educación y Master en Lectura y Literatura Infantil. Trabajó como docente, coordinó talleres literarios para chicos, creó el programa "Volver a Leer" (premio Pregonero 2007) y se ha dedicado a los planes de lectura en ámbitos estatales. 

Como escritora, abordó la novela juvenil con títulos como Los sapos de la memoria, Si tu signo no es cáncer, El jamón del sanguche, y también cuentos para niños entre los que figuran Caracoleando, Rada desencantada busca príncipe encantador, De boca en boca.



TRABAJO PRÁCTICO:

A partir de la lectura realizada de la  novela deberán realizar en parejas un informe de lectura.
PARA RECORDAR:
¿QUÉ ES UN INFORME DE LECTURA?

El informe de lectura es un texto escrito en prosa que tiene como propósito fundamental suministrar a un lector una determinada información sobre otro texto escrito. En el medio académico por lo general ese lector es el profesor -quien es el solicitante del informe.
De acuerdo con los objetivos que se pretendan alcanzar y el grado de exigencia, un informe de lectura puede exponer, describir, explicar, analizar, interpretar o argumentar. En los cuatro primeros casos, predomina en el informe la estructura enunciativa; en los dos últimos, predomina la estructura argumentativa.
Así pues, el contenido de un informe de lectura es la respuesta a unos interrogantes o a unos requerimentos previos planteados cuidadosamente por el solicitante; ningún informe de lectura se elabora sin unas exigencias o unos propósitos expresados de antemano.
El informe de lectura es una modalidad de trabajo académico que, practicado con seriedad y aplicación, le permite a un estudiante ampliar sus conocimientos, recoger información, estructurar su pensamiento, forjarse un criterio propio y, adicionalmente, prepararse para abordar otras formas de escritura más complejas, como la monografía, la tesis y el ensayo.



BIBLIOGRAFÍA PARA CONSULTAR:

lunes, 22 de abril de 2013

Quinto año: Literatura contemporánea con resonancias en el Romanticismo



Un amor en la plaza por Marcos Rosenzvaig
Yo, Marco Avellaneda, que nací en Catamarca, que estudié en Tucumán y que a los 2l años ya era abogado, pienso que una cabeza muerta sin brazos ni piernas ni cuerpo que la sostenga es casi inofensiva. Digo casi porque las mujeres que cruzan esta plaza se han propuesto enterrarme. Seguramente para que no sufra la penitencia a la vista de los paseantes, ni para que las inclemencias del tiempo sigan decolorando lo que, en otro tiempo, fue un relicario de mujer adolescente y enamorada. Yo, Marco Avellaneda que fui decapitado a los 28 años por haberme opuesto a vivir amordazado con un chaleco punzó, un sombrero con cinta color punzó, un poncho punzó y con el maldito color punzó hasta en los huesos, muero y mi cabeza es exhibida dos semanas en la plaza Independencia de la ciudad de Tucumán.
La plaza está desierta. El calor ahuyenta a los transeúntes a sus casas. Una mujer espera en un banco empecinado. Fortunata García, resguardada por la sombra de un naranjo desde el mediodía hasta el atardecer, no hace otra cosa que espiarme desde el vértice mismo de la plaza. En el extremo opuesto, un hombre comprometido a garantizar la seguridad de mi cabeza... Como si pudiera escapar.

Ella finge leer un libro pequeño. Seguramente se trata de una Biblia. A la altura de su boca el libro tiembla y sus ojos atardecidos de laguna de campo alunizan en los míos desteñidos. Mis ojos, si pudiera palpar mis ojos. El color, ¿habré perdido el color? ¿Qué quedó de mí? ¿Quién soy? Ni siquiera un actor, algo menos que un bufón, una cabeza de kermesse; un objeto triste repleto de recomendaciones como las de una madre a un niño el primer día escolar -no cruces la calle solo, tampoco te olvides los útiles, si querés ir al baño pedile permiso a la señorita y no te asustes...-. Comenzamos a separarnos. Ahí está ella, obstinada. Con un vientre ocupado por un hijo mudo de por vida, porque nos separamos cuando yo tenía dieciocho años. Pero ella persistió en amarme sola durante toda la vida, como ahora desde un banco. A distancia, temerosa de las miradas federales, disciplinada con su cinta punzó. Con miedo de que alguna de las mujeres emperradas en enterrarme pueda pensar que ella, Fortunata García, continúa aún enamorada.

Sí, de a poco me voy secando. Poco a poco. Serenamente, sin urgencias, sin demandas. Lo sé, aunque no tenga un espejo. Fortunata deja el libro pequeño sobre su regazo y abandona los ojos a la deriva como quien ya no busca una explicación a las cosas. Ella echó definitivamente los ojos al mar, cuidando que nadie notara la lenta oscuridad en la que se sumergía. Por eso continúa respondiendo mecánicamente los saludos de aquellos que, para ahorrar distancia, cruzan la plaza en diagonal sin inquietarse por el horror de una cabeza que cuelga de un árbol.
Aún me recorre un zumbido de patas al galope. Una sábana de polvo de patas. Un cielo surcado de sables y de gritos. Los pingos intuían que Quebracho Herrado era el principio del fin, después seguiría Famaillá y mi huida desbocada y la de Lavalle hacia el norte y la traición de Sandoval y Oribe escribiéndole a Rosas: "La cabeza de Marco brillará como un sol o como un espejo en la plaza, para que cada tucumano se mire y piense...”. Y Rosas contestándole: "Dios es infinitamente justo". El sol se había dividido en cientos de caballos incandescentes avanzando. Entonces vi el final de la batalla en los lomos brillosos de los caballos patrios. Sin ojos, sujeto a las riendas, cubierto de polvo, respirando un aire que hedía a orines, a sangre y a bosta pensé: “Moriré en los confines de este país grande en medio del polvo. Moriré en la maravillosa época de los naranjos”.

Ahora, las mujeres preocupadas por las compras del día atraviesan la plaza. El mediodía guillotina lo que queda de mí, lo que se descompone minuto a minuto. Manos prudentes obscurecen los ojos de las niñitas y recomiendan severamente no mirar hacia lo alto. Mejor es cruzar la plaza buscando piedritas de colores, escucho que dice una madre. Las moscas danzan excitadas por el festín, como si yo fuese un sol. Hacen círculos cósmicos alrededor de mi cabeza. Nada puedo hacer para torcer el destino de la pulseada. Lentamente me voy convirtiendo en carroña. Sueño con manos...

Ella se ha dado cuenta de la situación, por eso abandona su asiento para discutir con el comandante de la guarnición. El comandante extiende sus brazos como diciendo: “¿Qué quiere que haga? Cumplo órdenes señorita”. Entonces ella vuelve sin enfados, sin palabras, sin siquiera darse cuenta de la risa del comandante. Hace cuanto puede por dilatar el regreso a su banco de espera, a su observatorio de amor, a la quimera del milagro. Y el milagro se produce porque las nubes tapan al sol y el cielo se colorea en la gama de los grises y el agua cae de golpe como una bendición. Y yo me siento feliz porque la lluvia espanta las moscas y ella besa agradecida el libro pequeño y un collar de cuentas que tiene en la mano. El comandante rezonga moviendo la cabeza, como diciendo: “Aquí hay agua para rato”. Y yo imagino mis ojos convertidos en barcos navegando con la luz de los ojos de los hombres, o también con la luz de los ojos de los gatos y con la luz de los ojos confidenciales de las lechuzas. Mis ojos navegando el Paraná y el mar abierto y las costas que jamás conocí porque no tuve tiempo, porque en estos años se vive todo tan rápido que la muerte es casi una urgencia.
Yo, Marco Avellaneda, que escribí una Constitución y numerosas leyes, que escribí porque pensaba que los hombres podían comulgar distintas ideas, que pensaba que las leyes formaban un orden y que los hombres vivían al amparo de los jueces y de la Justicia, estoy aquí dando el triste espectáculo de ser una cabeza rodada como una naranja.

Todos saben que las naranjas caen como cabezas, y que hacen un ruido seco en las callecitas calurosas y angostas de veredas estrechas; tan estrechas que a veces podés darte la mano de vereda a vereda. La cosa es que la calle se extiende como una colcha de naranjas maduras de color sanguinolento y de gusto ácido:
-Porque no son para comer, m’hijo, para dulces son, para dulces. Dejá que la abuela te va a hacer un frasco grande si el niño hace todos los deberes.



El cielo escampó de golpe con las últimas luces de la tarde. Te veo cerrar el paraguas, guardar el libro pequeño y el collar de cuentas en el bolso. Te veo mirar el cielo como quien medita el pronóstico. Te veo buscar mis ojos para contarme cosas que nunca sabré. Te veo feliz en esta intimidad a orillas de la noche, con la plaza desierta y con el comandante haciéndose el distraído. Ahora que la lluvia cesó, decidís levantarte de tu banco antes de que aparezcan los paseantes. En estos tiempos es saludable evitar los comentarios y, si es posible, los pensamientos. Miro la tarde por última vez. La tarde se lleva la muerte de los hombres al cielo, y entona canciones a los hombres libres. Hay un momento de indecisión en tu partida. No me dejes solo, no permitas que los más rancios federales hagan con mi cara un baño público, no permitas que ellos obtengan puestos usando mi cabeza como tiro al blanco. Quiero que tus ojos no abandonen mi rostro decapitado, mancillado por la ignorancia. Créeme que éste no va a ser el último de los demagogos, créeme que todo y nada va a cambiar en el siglo venidero. ¡No te vayas porque ahora sí sé que te amo! Te digo lo que no pude decirte cuando tenía dieciocho años. Dame una posibilidad de inundar tus oídos con el viento del verano. Sé que siempre me vas a esperar y sé también que seré parte de la Historia y que en la Enciclopedia habrá una foto, la única de mi corta vida, y que fuiste vos la que se encargó de guardarla, y que muy cerca de mí estará tu nombre. Los dos nos encontraremos en las páginas de un libro. ¿No te parece fantástico? Adiós, mi amor, siento no habértelo dicho el día que me lo pediste. Ahora te das la vuelta. Volvés a mirarme, es una despedida. Lamento no poder decírtelo, pero estás hermosa. Los árboles han formado una cola de novia.

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martes, 2 de abril de 2013

Tercero B: Literatura Precolombina

                                               Literatura precolombina

La literatura precolombina, como su propio nombre indica, hace referencia al conjunto de obras con valor literario producidas en América antes de la llegada de Cristóbal Colón y de la subsiguiente conquista española.
En ese largo período de tiempo, que va desde el surgir de los primeros pueblos americanos hasta la mencionada conquista, existieron literaturas muy diferentes, cada una propia de una cultura o pueblo. Hay tres de ellas que, sin embargo, fueron más brillantes y conocidas, tres literaturas que van en consonancia con las tres grandes culturas americanas precolombinas: la azteca, la maya y la inca. Cada una de ellas con una lengua diferente.
En estas obras se trataba en su mayor parte de una literatura poética, que versificaba casi todos los géneros. Sabemos que su temática iba casi siempre relacionada con los dioses, bien en forma de himnos o alabanzas, de descripción o para rituales y conmemoraciones religiosas. Los pocos que llegaron al siglo XX han pasado por el tamiz de la cultura europea como ocurrió en el Popol-Vuh, el libro sagrado de los mayas.

PARA TRABAJAR EN CLASES.